Querido socio y amigo;

Me hago una apuesta amable contigo. Me juego lo que quieras a que en los próximos siete días, la frase que más veces vas a decir, va a coincidir con la que más veces vas a escuchar. … ¿”Feliz Navidad”? Sin duda alguna soy mago.

La vas a oír por la radio, por la tele; te la desearán con toda el alma en casa tu hijos si tienes, o tus padres que siempre te tendrán a tí. La leerás iluminada con mil bombillas, allá por donde vivas o compres, sea lo que sea lo que compres.

Y como además de mago, soy muy previsible, también me quiero acercar a ti en estos días para mostrarte mi gratitud y desearte, yo también, Feliz Navidad.

Y quiero hacer algo más.

Verás, no sé por qué me desean una Feliz Navidad tantas personas de buen corazón, a las que en ocasiones ni conozco. ¿Haré yo eso mismo? ¿Voy con mis deseos en automático? Paro y me pregunto. Me pregunto por qué deseo a las personas, a todas a cuantas conozco, que vivan una Navidad Feliz.

¿Tú lo has hecho?, ¿Te ha pasado parecido a ti?, ¿Te preguntas qué quieres decir y porqué, cuando deseas Feliz Navidad?.

Rebobina la cinta entonces… Verás, en Navidad (de Natividad) nació un niño al que no reconoció nadie de los que por aquel entonces se parecerían mucho a ti y a mí. De hecho, aquel niño terminó muriendo años más tarde sin ser reconocido por la mayor parte de los hombres y mujeres de su época.

Aquel niño, vino a cambiar los códigos del mundo en el que vivían ésos que tanto se parecerían a nosotros, de haber vivido nosotros por aquel entonces. Y los cambió.

Y tanto los cambió que desde entonces el mundo pelea consigo mismo cada cierto tiempo para estar a la altura de su mensaje. Y a cada tiempo en que el mundo pelea, hemos aprendido a llamarle “revolución”.

Pero entre la verdad, la post-verdad, las redes y el atasco de las ocho, nuestro subconsciente amortiza la sensación de progreso y la integra cómodamente en el armario genético de los méritos propios de nuestras sociedades avanzadas. Y olvidamos.

Olvidamos que aquel niño sembró cosas como que tú y yo somos iguales, seas quien seas y como seas. Olvidamos que el mundo es tan tuyo, como mío, y que solamente hay un camino para compartirlo y habitarlo, la Paz. Olvidamos que hasta antes de finales de siglo XIX a la solidaridad se le llamaba Caridad, y no era despectiva porque la entrega personal nunca ofende. Y seguimos olvidando cientos y cientos de sus principios y propuestas, porque son tan actuales que llegamos a creer que de veras vienen de modernas escuelas de pensamiento, o de los más grandes “influencers”.

Y a aquel niño que cambió nuestro mundo, le pasaba algo más.

Nació pobre, pero pobre, pobre. Ahora, para referirnos a la pobreza, decimos aquello de “riesgo de exclusión social”. Él era sencilla y llanamente pobre. Y nació entre pobres.

Hoy, en Madrid, habría nacido sin vergüenza alguna en la Cañada Real, y ni tú ni yo habríamos ido a verle. Ni nos habríamos enterado. Tenlo por seguro.

Pero no me siento mal si lo pienso. Él traía un mensaje para quien quisiera escucharle. Y no, no es lo mismo un mensaje que un deseo. “Amaos los unos a los otros” es un mensaje duro, exigente, que lo pide todo, y lo exige todo… Es más que un brindis, que un “salud” con la copa en alto…. Mucho más que un chin, chin de Navidad.

Es un mensaje que pide y exhorta. Peligroso como pocos porque compromete, porque si te abres y escuhas, tienes que cambiar como cambió el mundo.

Aquel niño de la Navidad vino a decirnos que solo hay un camino para la felicidad; el del Amor hecho praxis en todas sus variantes; la de la justicia, la de la ayuda, la del respeto, la de la amabilidad, la de la igualdad, la libertad, la entrega…

Y aquel niño creció. Y la lio. Y murió. Bueno, lo mataron por hacerlo, quienes tenían poder para matar por aquel entonces (por cierto que gracias a este niño, ya casi nadie se puede arrogar ese poder…) Y marchó.

Fíjate, siendo lo más trascedente de todo (me refiero al lugar al que marchó) lo dejo hoy de lado para fijarme en lo que le pidió a sus amigos antes de marchar: “Si os parece que esto que os conté es la verdad, vividlo en primera persona y contádsela al resto del mundo”.

Yo creo en aquel niño, en aquel muchacho, en el hombre que murió más tarde.

Creo en cada cosa de las que nos contó, y creo que su mensaje de igualdad, de justicia, de dignidad y de darnos los unos a los otros. Y desde bien joven creí entender lo que pedía, y traté de llevarlo a cabo como mejor pude.

Y por eso me felicito en Navidad, y encuentro todos los motivos del mundo para felicitarte a ti; porque pienso que tú y yo estamos igual de llamados a hacer todo para que nuestro mundo sea mejor y más feliz.

Y me enorgullezco. Y ¿por qué no?, por momento me siento en parte un poco “elegido” para ello.

Si además eres creyente, y crees como yo en todo esto, que no tiene por qué ser, te diré algo más…

Aquel niño que luego se hizo hombre, dijo un día: “cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis.”

Feliz Navidad Amigo.

Creas en lo que creas y sientas lo que sientas. Feliz Navidad.

Renovemos nuestro esfuerzo porque el mundo y sus personas lo merecen y lo necesitan. Te deseo todo lo mejor de corazón. Ojalá 2018 nos permita seguir en este vínculo.

Gracias de corazón por tu ayuda y confianza.

Ramón Pinna

p.d.: Por cierto, ¿puedo hacerte una última pregunta?

Si aquel niño que nació por entonces, y por el que me dices y te digo “Feliz Navidad”, naciera hoy en Madrid… ¿crees que podríamos encontrarlo entre nuestros niños del centro de Achalay?

Yo no tengo la menor duda.

Mira dentro.

En esta Navidad que llega, busca tú el sentido.

Ramón Pinna Prieto
“En Achalay estamos convencidos de que cambiando el mundo que está a nuestro alcance, mejoramos el mundo de todos. Para eso trabajamos cada día, y por eso contamos contigo”.

Presidente Asociación Achalaycomunicacion@achalay.es