Asociación Achalay

World Poverty Clock. © http://www.worlddata.io/

Ha sido pensar en todo esto, y recordar aquellas ruedas de prensa de un siempre malhumorado entrenador del Barcelona, un holandés que creo recordar que se llamaba Van Gaal: “¡Tú siempre negatifo!, nunca positifo.”, solía refunfuñar…

Y creo que tenía razón.

La necesidad de optimismo consciente, activo y comprometido, es directamente proporcional a la magnitud del reto al que nos enfrentemos. Y nosotros, como muchos otros, no elegimos uno menor. Acabar con la pobreza –y todas sus manifestaciones- en el mundo.

Millones de personas de todo el planeta trabajan conscientemente en esto cada día, y otros cientos -o miles de millones- lo hacen también, quizás de manera no tan consciente, pero absolutamente implicada. Se trata de la humanidad que madruga y trabaja, y acompaña a sus hijos o a sus padres, y que celebra con júbilo la llegada del fin de semana.

Unos y otros, nos merecemos la esperanza, el “tic tac” de un contador que nos diga que el camino se va andando y que el mundo, a pesar de todos los pesares, mejora cada día.

El Reloj de la Pobreza puede ser ese “tic tac” que nos anima a seguir para conseguir.

En parte, alimenta la esperanza frente al secuestro diario de tanto pesimista destructivo, tan poco amigo de la esencia humana como buena, y por lo general predicador de las maldades de un sistema en el que no se reconocen, y del que no se sienten responsables.

El Reloj de la Pobreza, marca la hora del planeta en la que deberíamos haber logrado salir todos de aquella. Si se mantiene el ritmo, en 2030 nuestro reloj se debería de parar.

Si, lo sé. Es una animación simplista, que no descansa en la sustancia de la realidad.  Pero los indicadores globales de desarrollo humano del planeta sí son sustancia, y todos evolucionan a mejor.

Nuestro reloj dice que hoy, ya son algo menos de 700 millones los pobres del planeta. Dice que cada diez segundos, 11 personas de todas partes del mundo, suben un peldaño en la escalera de su propia esperanza personal.

Pero no dice otras cosas.

La exigencia debe estar en la medida. Cada persona que escapa simbólicamente de esa pobreza indeseable, lo hace al alcanzar el dudoso privilegio de superar una renta diaria equivalente a 1,9 dólares.

Cierra los ojos y piénsate con 1,9$ al día, trata de concebir la idea de tu propia existencia, y de imaginar el siguiente peldaño del progreso… ¿3,8$?. Jugando neciamente a la estadística descriptiva, si doblamos el límite… ¿doblaría la población sumergida? ¿Podríamos hablar de otros 700 millones de “no-pobres” que se sitúan entre 1,9$ y 3,8$ de renta diaria?

El reloj no te cuenta, tampoco, que en esa enorme humanidad pobre, se suceden generaciones y generaciones, que nacen, viven y mueren en ese submundo, y que se heredan unas a otras. ¿Te imaginas que la herencia de tus padres, o la tuya para tus hijos fuera… la pobreza?.

“Hijo, este es mi legado: Eres pobre”.

Y así tantas y tantas cosas… que no nos cuenta el reloj… Pero me gusta.

Me gusta porque es positivo, y porque se sustancia sobre verdades que vamos alcanzando como humanidad.

Me gusta porque es aliento para quienes trabajamos a diario en mejorar el mundo, que salvo cuatro desgraciados, somos el resto.

Me gusta porque me hace entender el regalo de vivir en mi país y con mi gente.

Me gusta porque me hace pensar y, extrapolando, me invita a procurar una mejora de nuestra propia realidad ciudadana en la que existe una pobreza también hereditaria, una pobreza que trabaja cada día por una nómina necesariamente mejorable y una pobreza que a la que le urge recuperar la confianza en que para ella, también puede haber esperanza.

Los optimistas nos somos unos frikis. Sabemos pensar, y por lo general con más acierto y más luz que los pesimistas. Sabemos hacernos buenas preguntas, y encontrar respuestas luminosas. Y además nos movemos hacia el bien común.

Es verdad tu frase, Mamá: “El dinero no da la felicidad, pero eso solo lo saben los que tienen dinero”. Pero en la “nada de nada” de miles de millones de personas, la felicidad no es una expectativa, no está el diccionario, no es parte de una sana ambición.

Tenemos que hacer mucho y cada día, para que la felicidad pueda ser parte de su vocabulario y de sus anhelos.

Nadie como todos juntos para lograrlo.

Ramón Pinna Prieto
“En Achalay estamos convencidos de que cambiando el mundo que está a nuestro alcance, mejoramos el mundo de todos. Para eso trabajamos cada día, y por eso contamos contigo”.

Presidente Asociación Achalaycomunicacion@achalay.es